Unos, dos, tres... diez veces más


Los parroquianos que entraban y salían de las fauces humeantes de aquella taberna, parecían muertos vivos alcoholizados por la ignorancia de la inconsciencia. Yo, uno más y tan ajeno a todos, con excepción de él, Santxo, mi aprendiz de historias. Ambos nos confundíamos con la fauna de ese antro que olía a vísceras. Éramos artistas en una época en que el conocimiento del alma humana había agotado todas sus posibilidades de comprender su existencia y también sus desviaciones. 

En ese tugurio, la soberana indiscutible era Asha. Bestia de ascendencia india, la más atrayente de todas las putas. En reiteradas ocasiones había tragado mi polla, al tiempo en que con sus grandes tetas y al son de sus pequeñas manos aprisionaba la verga de mi discípulo hasta hacerlo explotar. Su cabello azabache contrastaba con su pálida piel, olía a hembra salvaje pero su voz parecía la de un serafín. Su estampa de inocencia corrompida y su sexo dulce y hambriento nos sustraía de este mundo para hacernos la existencia menos desgraciada. Más clara que nuestro viscoso y espeso semen que manaba a borbotones después de su insistencia y adoración. Bendita virgen profana que nos salvaba de la incertidumbre.
En tanto, Santxo era un animal. A los pocos minutos de eyacular, volvía a atacar mientras yo miraba con disimulo como destrozaba nuevamente la concha sufrida de nuestra amada exótica. Era tal la expresión de goce en su rostro, que por segundos deseaba ser ella para sentir la fuerza de su violador, la sensación del roce de los pezones con los vellos pectorales; y para tener privilegio de beber hasta la última gota de su saliva de tabaco y alcohol.

A la hora de mi turno, ponía boca a bajo a Asha. Sin tener que pedirle nada, abría sus nalgas al extremo para drogarse en el dolor. Después de un par de alaridos y varios intentos, la sangre que escurría de su reducto bendecía su vasta carrera. Ya no era la misma.

Uno, dos, tres... diez veces más.

Por largo rato.

El amanecer nos regresaba de sopetón a la realidad. Era tiempo de volver a la morada.

Sabor amargo en la boca. Ensangrentada la retina. Qué desgraciado me sentía.

El viento del aciago otoño calaba los huesos vividos.

La garúa era inclemente con la resaca.

Para ese entonces, me perdía en la niebla y en la desdicha de la incomprensión y de la soledad. 



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