La terapia

Pintura de Jeremy Lipking

El morbo no sirve para dar lid a los demonios internos que hacen de la vida de Maiko un presidio remitido. No hay cura, piensa. Sin embargo, su psicólogo postula que el existencialismo apesadumbrado de ella a veces es menos con el afán sexual suyo. Que la constante mezcla de perversión y hedonismo la sustraen del mundo sin sentido que le cayó encima desde el primer día en que tuvo consciencia. En actitud de resignación, y para hacer menos aburrida cada sesión, deja que aquel terapeuta crea esto; y sólo para ver la expresión de calentura que esboza su rostro las veces que le pregunta qué ha hecho y si se ha acostado con alguna mujer. Que si es más placentero sentir la dominación de un hombre o el roce de los pezones con los pezones. De vez en cuando, hasta inventa historias sólo para complacer la curiosidad sexual de su oyente. Sabe que se masturba cada vez que deja la consulta. Es que es evidente que lo hace. De re ojo observa como su miembro sobresale del pantalón con descaro. Y al finalizar, el beso de despedida que le da en la mejilla es muy húmedo, cómplice. La abraza, huele su cabello. La vuelve a besar.

El psicoanálisis y el morbo no sirven para aplacar la angustia de Maiko y menos para esclarecer su devenir existencial. Pero sí para que su terapeuta eyacule como una bestia elucubrando con la libido exacerbada de su paciente y con esas tetas que se asoman con generosidad de su escote. Y para que él, al llegar a casa, en el momento de las confesiones, hable con su recatada mujer. Por fin él logra sodomizar a la oprimida esposa. Por fin ella es cogida como lo imaginaba en sus masturbaciones.

Maiko, sólo sabe que el próximo martes, a las 19 horas, deberá recostarse nuevamente sobre el íntimo diván para una vez más volver a contar las mismas historias.


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