A Paula le gustaba morder mis empinados pezones. Decía que al comienzo eran suaves y dulces. Luego, más duros y excitantes. Apoyaba su cabeza en mis hombros, largo rato ahí. Yo olía el perfume de su cabello para irme de todo y ella fumaba para olvidar. En segundos, miradas fijas: mi lengua filosa enredada con la suya y despacio los botones fuera de los ojales. Ambas desnudas con la piel erizada por el roce de los pechos y por la insistencia de los labios en las tenues aureolas.
Después de sus confesiones lascivas, bailábamos. Mis manos en sus
caderas, sinuosos movimientos y saliva para humedecer más aún la entrepierna.
Más besos, más mordiscos. En segundos mi cuerpo bajo el suyo. Parecía una
serpiente de tonos mate engulléndome sobre el piso alfombrado.Todo terminaba con sabor metálico en los labios y la infelicidad de cada una difuminada en el silencio cansado. De espaldas sobre el piso contemplando la noche y las estrellas titilantes. Mi brazo bajo su nuca y sus pequeñas manos presionando siempre mis empinados pezones.
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